Por El Pastor Uriel Feliz
¿Cuál es la crisis en la que estamos?
En medio de una cultura confusa y fragmentada, plagada de incertidumbre y del subjetivismo moderno, ¿Cómo podríamos mantener nuestra identidad sin mancharnos en el intento? Es una incógnita necesaria y trascendental. Estamos viviendo en una esfera de crisis, estamos viendo “la crisis del hombre”, del varón, del Adán repartido en millones de individuos.
El hombre es una obra de arte espléndida, especial y muy profunda para el Creador del universo. El hombre fue creado para administrar, amar, asegurar, proteger y adorar; el hombre es una hechura de Dios, diseñado para reflejar su imagen y grandeza. En otras palabras, el hombre ha aparecido para y con un propósito y un destino trascendental.
Sin embargo, el hombre no está siendo hombre; todos son varones de nacimiento, pero no todos llegan a ser hombres. Todos los hombres son varones, pero no todos los varones son hombres. ¿Por qué? Porque ser varón es biología, algo natural, sin decisión alguna de nuestra parte; en cambio, ser hombre significa cumplir un papel, vivir para la virtud, y eso llega con esfuerzo, valentía y, muchas veces, sangre.
La hombría representa responsabilidad, compromiso, esfuerzo, crecimiento, caballerosidad, delicadeza con las damas, un deseo de grandeza y de escalar nuestros “Everest” personales, y un anhelo por encontrarnos con Dios; pero hoy atisbamos lo contrario: en vez de hombres puros, vemos impuros; en vez de hombres que traten bien a las mujeres, hay de los que maltratan; en vez de soñadores y ambiciosos en el buen sentido, hay jóvenes que a los dieciocho años ya están existiendo en un asilo espiritual por la pereza que proyectan. ¿Qué sucede con nosotros, hombres?
No debemos hacer competencia con las mujeres, ¡pero ellas se están sintiendo solas, porque faltan hombres, no varones! Eso también lo observamos en la cantidad de mujeres que asisten a las iglesias, pero pocos hombres; muchas féminas en la universidad, y pocos hombres. Mujeres empoderadas, y hombres con sueño profundo. Las mujeres tienen que volverse más fuertes para sobrevivir porque no estamos cumpliendo con nuestro rol como masculinos conforme a la voluntad de Dios.
“Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre” (1 Reyes 2:2). Es tiempo de despertar y ser HOMBRES DE VERDAD, no machistas ni que imponen sus decisiones u opiniones, sino los que se dan todo por los demás, para mejorar sus vidas y llevarlos a alcanzar el propósito y el poder de su autoridad personal.
No es el saco ni la corbata la que nos embellece, sino la virtud, la espiritualidad, la planificación y el amor. Porque un hombre no golpea, cuida; un hombre no sofoca, lidera; un hombre no mata, se sacrifica; un hombre no empequeñece a la mujer, la levanta para alcanzar su máximo nivel; un hombre no vive para sí, sino que muere por los demás.
Jesús es nuestro ejemplo perfecto, Él fue el hombre perfecto. Totalmente divino y humano, nos mostró que podemos ser hombres conforme al corazón de nuestro Padre Celestial. Él mismo lo dijo: “Por tanto, sed vosotros hombres perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mateo 5:48).
Y Pilato mismo lo dijo: “Y salió Jesús, llevando la corona de espinas, y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡HE AQUÍ EL HOMBRE! (Juan 19:5). No cualquier hombre, ¡el hombre! A ese hombre hay que aspirar a ser. No emular al primer Adán pecaminoso, sino al que dio su vida en la cruz y resucitó al tercer día para que seamos nuevas criaturas.
El propósito del hombre
Dios no necesitaba compañía. Él es todo suficiente y disfruta plenamente de sí mismo, expresado en la Trinidad, con el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ahora bien, Jehová quiso compartir la belleza de su creación con el ser humano. Lo hizo de último para ser recibido en un ambiente completo, seguro y bello.
Adán fue escrito como poesía para exaltar al Gran Poeta del universo. Fue hecho para adorar, para sentir, para administrar el Edén, para amar a su Señor, a su prójimo y a toda la creación. El rol y el compromiso de Adán, el cual significa hecho de la tierra o tierra roja, estaban completamente definidos. No había dudas, titubeos o incertidumbre. Todo estaba claro.
El hombre tenía un fuerte sentido de dirección y de propósito. Además, fue insertado en el Edén para guardarlo, administrarlo y cosechar de él. Es decir, no sólo fue puesto para disfrutar, sino también para cuidar la fuente del disfrute. Adán era el mayordomo de la creación. Para el primer hombre el trabajo no era fatiga, no era una carga, no era algo a evitar; era un placer, lo llevaba en su ADN, y era una forma de obedecer y adorar a Dios.
“Y los bendigo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28). Dios les otorgó un sello de autoridad al hombre y a la mujer para señorear la tierra, y a todos sus habitantes. No para ser tiranos o dictadores, sino líderes de la creación. No para fomentar la destrucción, la deforestación y la desgracia, sino para alimentar la vida, la reproducción y la alabanza continua en la creación. Dios hizo la vida, y ellos debían ser los guardianes de ésta.
Pero la primera tarea de Adán no era cuidar la creación de tierra, sino la creación de carne, la de costilla, la de él mismo en su mujer Eva. “Luego Dios el Señor dijo: No es bueno que el hombre esté solo. Le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Su máxima responsabilidad, después de adorar y conocer a su Creador, era contemplar a su mitad, a su Eva, a su mujer. Porque si un hombre no cuida a la mujer, no puede ser hombre; si un Adán descuida a su Eva, no puede cultivar algo más amplio.
En consecuencia, el compromiso del hombre era primordialmente amar a Dios, y eso se manifestaría cuando éste cuidara con su vida a su mujer, a la creación y al legado de las futuras generaciones. Ése es el propósito del hombre. No en gobernar o sepultar, sino en acariciar y liderar desde el sentido de pertenencia y autoridad divina.
En el Adán antes de la caída, no había señales de tiranía, de crueldad, de egoísmo, de codicia, de superficialidad… sólo existía destino, trascendencia, pureza y grandeza. Adán no reflejaba la masculinidad machista, imperialista, corrompida; la masculinidad era sinónimo de liderazgo, cariño, esplendor y palas con semillas, no con sangre. Adán estaba hecho para mostrar el carácter de Dios, y por el momento lo hacía excelente.
Virtudes de Adán antes de la caída
Las características de Adán, antes de caer en desobediencia, eran impresionantes y hermosas. Mostraban la solemnidad y el misterio del Creador. El hombre era perfecto física, mental, moral y espiritualmente. Una belleza de ser con piernas y manos. Contemplemos un poco de estas virtudes:
1. Hecho a imagen y semejanza de Dios: No físicamente ni en sentido de gloria, porque nada ni nadie se puede comparar al Creador del universo; pero sí en el sentido de amar, de sentir, de pensar, de tomar decisiones autónomas y reales. Es decir, Jehová no hizo robots o computadoras, sino individuos que puedan adorar desde dentro sin ser forzado. Fuimos hechos para mostrar quién es Dios, su carácter y su amor.
2. Marcado para cultivar y guardar: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto del Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Génesis 2:15). Adán era un individuo que amaba el trabajo. Sus manos no fueron hechas para asesinar o para vagar, sino para sembrar, cortar y cosechar. El hombre fue hecho para trabajar, y el trabajo fue hecho para el hombre. El término cultivar estaba en lo más profundo de su esencia. No se sentía satisfecho solamente por los frutos que salían naturalmente, sino también por aquellos que sembró, regó y esperó por su resultado. Cosechar también es un sinónimo de propósito para el hombre.
3. Creatividad e inteligencia: “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre” (Génesis 2:19). Dios no les puso nombre ni a las bestias, ni a las aves ni a los peces, esa fue responsabilidad de Adán. Vemos a un hombre ingenioso, creativo y que observaba, sabía poner nombres conforme a la descripción y al hábitat natural del animal. El hombre no solo era fuerte, también era intelectual; no solo era bravo con la pala o el pico, sino también era un explorador, un observador y un poeta.
4. Romanticismo y amor puro: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada varona, porque del varón fue tomada” (Génesis 2:22-23). Adán era perfecto y vivía con su Creador. Pero necesitaba su compañera ideal. Desde que Adán contempló con asombro a Eva su mujer, se volvió romántico y soltó el primer poema de la historia. El hombre fue creado para hacer de la mujer una poesía constante, tanto con el verbo, como con la comprensión, el cariño y el calor humano. El hombre está completo cuando eleva a la mujer a su máximo propósito, y la ama como carne de su carne y hueso de sus huesos. Y como dice el célebre escritor estadounidense Mark Twain “para Adán, el paraíso era donde estaba Eva”.
5. Profeta y líder de generaciones: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Adán no sabía qué era un padre o madre biológico, pues fue hechura directa de Jehová. Y por eso soltó la primera profecía y mandato para las próximas generaciones: que el hombre dejaría su hogar maternal y se uniría a una mujer para formar su propia familia, para así ser uno en toda la plenitud de la verdad.
6. No existía vergüenza, sino seguridad y paz: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). La vergüenza no reinaba en ellos. Se sentían tranquilos como estaban. No había complejos del cuerpo, pues se veían bastante bellos, atractivos y sensuales el uno al otro. Su desnudez era sinónimo de disfrute mutuo, de descubrimiento total y pasión por lo que seguiría. La seguridad en ellos mismos se reflejaba, y el gozo se mostraba en todo su esplendor.
En resumidas cuentas, el modelo divino para el hombre era la seguridad innata, el liderazgo sacrificial y esmerado, y el esfuerzo constante por amar al Creador y a los demás. El mundo caído, enfermizo y deshecho que vemos hoy no fue la idea de Dios, porque éste nunca posee malas ideas, sino solo buenas; todo se deshizo y se engendró la crisis porque el hombre abandonó su diseño original y auténtico, para amar el pecado y convertirse en una copia barata.
¿Qué pasó con ese diseño?
Adán y su amada inhalaban paraíso y gloria, pero repentinamente se percibía aromas de azufre y desgracia. Las manos que fueron diseñadas para sembrar, acariciar y amar, estarían propensas a lastimar, matar y destruir; los oídos que se alegraban con la voz del Redentor, escucharían a la muerte y al sufrimiento. Algo se quebró, algo se ensució… y las túnicas de inocencia que los envolvían, se habían caído al lodo.
La masculinidad de Adán se quebrantó absolutamente, acusando a Eva y dejando las responsabilidades de sus hechos a un lado. El carácter antes de la desobediencia era hermoso y glorificaba a Dios, pero después se volvió egoísta, temeroso y sin sentido propio.
De la misma manera se encuentra el hombre del siglo XXI: desorientado, sin rumbo fijo y vacío. Buscamos dentro de nosotros mismos, donde deberían estar buscando a Dios. El "hombre psicológico" vive para el yo, con deseos puramente egoístas, y para el carente placer.
Sin embargo, Cristo Jesús vino a renovar esa imagen perdida de criaturas que reflejan el carácter de Dios.
Conclusión
Aunque observamos caos y colapso en la masculinidad y feminidad de hoy, podemos llegar a ser hombres y mujeres que amen a Dios, a sus semejantes y a la creación de forma majestuosa y deleitosa. Con la llegada de Cristo a nuestras vidas, somos nuevas criaturas, llamadas a ser luz y sal en una sociedad corrompida por el pecado y los deseos egoístas.
Ser hombre es ser líder, ser compasivo, ser amoroso, ser determinado, ser responsable, ser espiritual, ser intencional, ser entregado, ser confiable, ser leal, ser sacrificial, ser servicial… SER COMO CRISTO.
Yo me inscribo en el camino para ser como ese hombre, ¿y tú
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