Machismo ni feminismo son el ideal bíblico ni refleja el diseño original de Dios.
El machismo nace de una interpretación errónea del concepto bíblico de que el hombre es “cabeza” de la mujer. Desde esa distorsión, el hombre se asume como dueño, gobernante absoluto y posesionario de la mujer, negándole independencia, criterio propio y dignidad plena. Esta visión se apoya, de forma incorrecta, en la palabra pronunciada a Eva tras la caída: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. Sin embargo, ese texto describe una consecuencia del pecado, no un mandato divino eterno.
Cristo vino precisamente a redimir, restaurar y dignificar a la mujer. La elevó, la honró y la puso como figura de la Iglesia, la cual es amada, cuidada y entregada por Cristo. El apóstol Pablo afirma claramente que “en Cristo no hay varón ni hembra”, sino una nueva creación. Desde esta óptica, el hombre no es superior a la mujer, sino llamado a ser cuidador, proveedor, protector y amante, así como Cristo ama a su Iglesia: con sacrificio, honra y servicio.
Por otro lado, el feminismo, como corriente ideológica, impulsa a la mujer a concebirse como totalmente independiente, en rivalidad con el hombre y, en algunos casos, en una posición de superioridad. Lejos de elevarla, esta postura termina rebajándola, porque la arranca del diseño bíblico que le confiere un rol de altísimo valor y honra. La Escritura enseña que la mujer es quien edifica la casa, instruye a sus hijos, es digna de alabanza por su esposo y posee una influencia determinante en la formación del hogar y la sociedad.
El feminismo no libera a la mujer; la desplaza de la posición privilegiada que Dios le otorgó desde la creación.
En conclusión, ni el machismo ni el feminismo son bíblicos ni correctos. Ambos son extremos nacidos de la ruptura del orden divino. La Biblia no propone rivalidad, dominio ni competencia entre hombre y mujer, sino complementariedad, honra mutua y amor redentor, bajo el señorío de Cristo.

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