Opinión:- Aires de libertad en una nación marchita.


Por Miguel Feliz Gómez

 Venezuela debería aprender a respirar sin culpa. Dejar, por un momento, el peso del sentimentalismo que suele nublar el juicio y mirar su realidad con la crudeza que exige la historia. Una nación tan vasta en recursos, talento y memoria no puede celebrar migajas, pero sí reconocer cuando el cansancio es profundo. Son ya más de treinta años de un proyecto de poder que, en nombre del pueblo, terminó asfixiándolo.


Las acusaciones contra el régimen no nacen del capricho, sino de los hechos: la demolición institucional, la persecución política, el control autoritario, la corrupción estructural y el uso del hambre como herramienta de dominación. La riqueza petrolera se volvió ruina moral; la esperanza, un delito; la disidencia, una condena.


El resultado es una nación fragmentada y una diáspora forzada que camina el mundo con la patria en una maleta rota. Millones de venezolanos han sufrido el desarraigo, la xenofobia, la precariedad y la nostalgia. Médicos limpiando pisos, profesionales vendiendo sueños en semáforos, madres pariendo lejos de su tierra, niños creciendo sin conocer el país que heredaron en relatos.


Venezuela no necesita discursos épicos vacíos ni líderes eternos; necesita justicia, verdad y reconstrucción. Necesita un respiro real, no propagandístico. Porque ningún pueblo debería acostumbrarse a sobrevivir cuando nació para vivir con dignidad.

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