JIMANI.-Las
noches en esta ciudad tienen un sonido inusitado y, quizás, demasiado
estruendoso para una comunidad fronteriza que dista más de cien
kilómetros de las grandes urbes dominicanas y que vive del comercio
diurno.
A
las 6 de la tarde, cuando cierran las puertas a las tandas laborales,
se empiezan a abrir las de la diversión. El sonido de la música anuncia
desde lejos que ya es hora y en las calles se cruzan los convocados a
un encuentro disperso con el placer y el sexo, donde se obvia que el
día siguiente será un miércoles marcado como laborable en el calendario.
Ellas
empiezan a caminar de un lado al otro. Se detienen en una esquina o
siguen resueltas hacia uno de los muchos centros de diversión nocturna,
donde entran sin dificultad, pese a que sus rostros las delatan como
menores.
Al
principio de la conversación, la joven de 16 años se muestra ajena a la
pregunta de uno de los integrantes del equipo de prensa. Luego, ante el
temor de perder a un posible cliente, admite que tiene que vender su
cuerpo para poder mantenerse.
"Ella
tiene una niña de año y medio que bebe leche y usa pampers (pañales
desechables)", comenta otra amiga a su lado. La niñita de la menor
quedó esa noche al cuidado de los hijos de su compañera, que a sus 31
años de edad ya tiene cuatro; la mayor de siete.
Las
dos mujeres están en el parque justo al frente de la Oficina para el
Desarrollo de la Mujer, a pocos metros del Ayuntamiento, donde horas
antes, el alcalde, Fernando Ramón Novas, hablaba sobre los preparativos
de un encuentro entre los diferentes sectores de la comunidad para
buscar una solución al problema de la prostitución en Jimaní.
Aunque
las dos jóvenes son dominicanas, la preocupación que embarga, tanto a
la alcaldía, la Iglesia católica, la Fiscalía y a los comunitarios de
la zona, es por la cantidad de niñas haitianas envueltas, que, además
de darle una dimensión mayor a la actividad, los lleva a pensar que
pueden tratarse de víctimas de trata de personas.
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